miércoles, noviembre 22, 2017
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Alegato en defensa de nuestros árboles

De Guarimbas y Arcos Mineros
Alegato en defensa de nuestros árboles

Los árboles son seres maravillosos, muy importantes para todos  nosotros. Sin estas admirables plantas el planeta sería un desierto.  Ver el esbelto y distinguido porte de un árbol nos inspira respeto y admiración. Estos seres vivos han acompañado al ser humano durante milenios y han sido testigos tanto de sus logros como de sus fracasos. La idea de que los árboles y los humanos estamos vinculados es tan antigua como la existencia misma de la Humanidad.

 


Al igual que todas las plantas que tienen clorofila, los árboles realizan la fotosíntesis. Esto significa que absorben dióxido de carbono y expulsan oxígeno, para así convertir la materia inorgánica en materia orgánica, es decir, en alimento gracias al cual pueden crecer y desarrollarse correctamente. Por medio de este proceso, los humanos y otros seres vivos absorbemos el oxígeno y expulsamos el dióxido de carbono. Justo lo contrario que durante la fotosíntesis. Se podría decir que por esta vía las plantas y los seres humanos se ayudan mutuamente a vivir, mantienen una relación de reciprocidad. Además de esta muy importante función, los árboles son fuente de innumerables aportes a la vida humana y a la trama de la vida en general: proporcionan alimento, previenen la erosión manteniendo la humedad del suelo,  remueven y almacenan el carbono, proporcionan madera, resinas y recursos medicinales, marcan las estaciones del año, entre muchos otros.

Cada árbol es  un ecosistema en sí mismo,  es el hogar y el refugio de muchos otros seres vivos como microorganismos, insectos, pájaros, reptiles y mamíferos, otras plantas y hongos, sin los cuales tendría muchas dificultades para sobrevivir. En ese sentido podemos decir que en torno al árbol se configuran verdaderas comunidades de ayuda mutua.  Pero los árboles también forman parte de otros ecosistemas más amplios que los incluyen como por ejemplo bosques y selvas. Los árboles son seres muy sociales y se ayudan unos a otros; su bienestar depende de la vida en comunidad. Investigaciones recientes han determinado que los árboles se comunican con sus raíces  a través de redes propiciadas por hongos en las que circulan nutrientes y también señales bioquímicas y eléctricas que generan verdaderas “charlas arbóreas”, intercambios continuos de información para ayudarse y enfrentar amenazas. Igualmente liberan aromas en el aire a la manera de singulares gritos de auxilio compuestos por una gama de moléculas volátiles que advierten a otras plantas sobre el ataque de ciertos insectos depredadores o ciertas infecciones  y propician la liberación de toxinas que los hacen menos vulnerables. De tal manera que puede decirse que, en un cierto plano, los árboles (y todas las plantas)  “hablan”, mantienen lenguajes propios e incluso ciertos “acentos regionales” que varían de acuerdo a las condiciones ecológicas. Dichos lenguajes se comparten no sólo entre plantas sino con muchos animales.


No sólo son importantes los árboles que constituyen bosques y selvas, los árboles son también muy beneficiosos para el ambiente urbano.

 


No sólo son importantes los árboles que constituyen bosques y selvas, los árboles son también muy beneficiosos para el ambiente urbano. Cumplen varias funciones que favorecen la vida en la ciudad. En primer lugar, mejoran la calidad del aire pues son agentes activos que reducen la contaminación atmosférica. Si en las grandes ciudades no hubiera árboles, el tráfico haría casi imposible vivir en ellas. Los árboles ahorran agua, previenen la erosión del terreno, conservan energía,  descomponen los desechos, reducen la gravedad de inundaciones y sequías, generan oxígeno, absorben dióxido de carbono y retienen los polvos y partículas que se mantienen en el ambiente, reduciendo la contaminación local. Pero, además, también reducen el molesto ruido que se produce en la mayoría de las grandes ciudades; tráfico, claxones, sirenas, gritos, obras de construcción y mantenimiento, todos estos molestos sonidos resultan atenuados por los follajes de los árboles, que hacen una labor de barreras antisonido, de aislantes acústicos, amortiguando o, incluso, deteniendo las ondas sonoras.  Además, regulan y actúan sobre el clima, ya que aumentan y/o disminuyen  la humedad del ambiente y  la temperatura dependiendo de las estaciones, aparte  de generar corrientes de aire y constituir pantallas contra el viento, la lluvia, el granizo o los rayos solares.

De  esta manera hacen también contrapeso a los efectos del cambio climático. Así mismo, los árboles que no están rodeados de hormigón y cemento, purifican las aguas que se filtran por el suelo, pues sus raíces actúan como descontaminantes, reteniendo nutrientes y agentes patógenos. También hay que pensar que los árboles sirven como morada de aves y otras especies que alegran la ciudad con su presencia. Por último, es necesario señalar que ofrecen una compensación ante los fríos edificios que predominan en las ciudades modeladas por la urbanización salvaje, proporcionando a sus ciudadanos y ciudadanas  beneficios estéticos y psicológicos, son maestros y compañeros de juego, embellecen el paisaje, constituyen puntos reconocidos de la comunidad que le dan identidad a los vecindarios, entre otros.  Mejoran, en definitiva, la salud y el bienestar de las personas.  Los parques de las ciudades,  los paseos y avenidas que cuentan con árboles sanos son esenciales para que la gente  disfrute de unas mejores condiciones de vida en la ciudad.

Los árboles son  un terreno genuino de asombro, obras magistrales de la naturaleza. Además de su significación ecológica, ornamental, emocional y de equilibrio orgánico y psíquico, los árboles, y los bosques de los que hacen parte,  son objeto de valoraciones económicas, son un patrimonio natural cuyo aprovechamiento prudente  y solidario  sustenta a muchas comunidades en todo el mundo. No obstante también constituyen un patrimonio histórico y sociocultural,  legado que se transmite de generación en generación,  su simbólica es extraordinariamente rica y diversa. En este orden de ideas los árboles y los bosques  son uno de los grandes símbolos culturales de la humanidad y, en consecuencia, la mayoría de las civilizaciones los han hecho suyos integrándolos con cariño, consideración y  respeto al propio imaginario colectivo, buscando, tal vez, la identificación, un referente explicativo y convirtiéndolos en un nuevo espacio al otorgarles cualidades y características que rebasan las propias, sin más límite que el que la propia imaginación impone. Por tanto, se han convertido en un imaginario para muchas sociedades, simbolizando en ocasiones el jardín perdido, la naturaleza inalcanzable y primitiva, el refugio de los  soñadores, los rebeldes,  los  perseguidos  y  los enamorados.

Pese a que los árboles del bosque conformaron  la casa primigenia y el  templo original de la especie humana, en las sociedades  urbanas contemporáneas se  han ido rompiendo los lazos ancestrales que tenía con la naturaleza, pero las tradiciones y la literatura han mantenido este imaginario forestal como nuestro hogar. Aún así, en muchos pueblos y culturas los árboles siguen siendo   protagonistas de ritos iniciáticos como los del paso de infante a la edad adulta o esos momentos en los que la vida de los humanos adquiere dimensiones peculiares que precisan condiciones especiales y únicas; los ritos arbóreos todavía perduran (aunque de manera degradada) en la proverbial “selva de asfalto”. Los bosques también han sido espacio para estadías contemplativas donde se puede aprender introspectivamente y fuera de uno mismo las razones  de realidades tangibles e intangibles. Algunos pueblos eligen un árbol determinado como si concentrase las cualidades genéricas de modo insuperable: entre los celtas, la encina era el árbol sagrado; el fresno, para los escandinavos; la higuera en la India; la ceiba entre  los mayas; el álamo para los iroqueses, el bunya para los aborígenes australianos y el baobab en Madagascar, por nombrar algunos pocos.


El árbol representa en su significación más dilatada, la vida del cosmos, su concentración, crecimiento, proliferación, generación y regeneración.

 


El árbol representa en su significación más dilatada, la vida del cosmos, su concentración, crecimiento, proliferación, generación y regeneración. Como vida inagotable equivale a lo inmortal. El arbor vitae o árbol de la vida es un símbolo que surge con gran frecuencia y diversidad en distintas latitudes. Así por ejemplo, para el pueblo wotjuja-piaroa de la Amazonía venezolana, lo que hoy se conoce como el cerro Autana, es  el resultado de la evolución que llevó al árbol sagrado de la vida o Caliebirri- Naé, a convertirse en este imponente tepuy,  y de cómo los animales que vivían en la población de  Cudeido lograron derribarlo y que las semillas de todos los frutos se regaran sobre la faz de la tierra  Finalmente, cabe destacar también que en nuestros pueblos y ciudades suelen encontrarse árboles reverenciados  que son referentes históricos  e identitarios, tales son los casos por ejemplo de la Ceiba de San Francisco en Caracas y el Samán de Guere en Turmero.

En el contexto de crisis profunda que experimenta Venezuela en la actualidad el patrimonio multidimensional  que representan nuestros árboles está siendo peligrosamente vulnerado. Así vemos cómo en la creciente confrontación política que hemos padecido en los últimos tiempos, además del trágico saldo de centenares de heridos y  decenas de personas que han perdido la vida en medio de protestas, refriegas callejeras y cargas represivas, los atentados contra los árboles han orientado también la violencia de estas acciones. En distintos barrios, urbanizaciones, calles, plazas y avenidas de diversas ciudades, parte de los grupos de manifestantes  han derribado, mutilado e incinerado numerosos árboles para interrumpir el tráfico peatonal y  vehicular, y construir barricadas.

Más allá de las motivaciones políticas de estos hechos, es innegable que expresan también una visión de sojuzgamiento y guerra en contra de la vida no humana, una forma de relación perversa entre lo social y lo natural que erosiona el conjunto de la trama de la vida, incluyendo la propia vida de quienes destruyen los árboles y hacen de sus restos instrumentos de defensa, agresión y/o perturbación.  No obstante, el ecocidio que se ha configurado con la tala inmisericorde a la que han sido sometidos todos estos árboles, luce pálido cuando se le compara con el cuadro de decenas de millones de árboles que serán derribados y quemados para llevar a cabo el megaproyecto del Arco Minero del Orinoco. En este caso se trata de un gigantesco bosquicidio que amenaza nada menos y nada más que a un territorio de casi 111 mil kilómetros cuadrados de extensión, poniendo en riesgo estratégicas fuentes de agua,  miles de otras especies vegetales y animales, y también a pueblos indígenas enteros y otras poblaciones humanas que hacen vida en esta extensa franja de la Orinoquia. De tal manera que entre agresiones focalizadas que tienen lugar en ciudades progresivamente gangrenadas, con un número creciente de  tierras muertas, aguas envenenadas y aire contaminado, y por otro lado despliegues delirantes de emprendimientos extractivistas, una gran parte de los árboles de Venezuela se encuentra asediada por el fragor de las sierras, el filo de las hachas, el calor de las antorchas, el estruendo de la dinamita  y las orugas de los bulldozers.

En esta lamentable situación se expresan con fuerza  patrones civilizatorios dominantes a escala global que viven de la competencia mezquina y ávida, del desprecio hacia el mundo natural y del odio siniestro entre semejantes, perturbando gravemente la legitimidad ecológica de la sociedad y su propia existencia en tanto que dimensión potencialmente racional del mundo que nos rodea.

Uno de los elementos claves para enfrentar la vorágine que  amenaza con diezmarnos en una época histórica cruzada por tensiones ideológicas que han deformado de manera unilateral las posibilidades de un debate fecundo, tiene que ver con la generación de una sensibilidad ecosocial que sea capaz de trascender toda idea de dominación entre humanos, y entre estos y la naturaleza,  una perspectiva que  vea simultáneamente en lo natural y la cultura el fundamento de nuestra unicidad, que abra caminos de creatividad, cooperación, solidaridad, equidad y libertad. El respeto y el reconocimiento a la otredad del árbol y su estrecha relación con nosotros se inscribe en esta visión.

 

 Francisco Javier Velasco Páez

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