miércoles, noviembre 22, 2017
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Blade Runner 2049: Una secuela esencial y una proeza fílmica

Francisco Javier Velasco
Blade Runner 2049: Una secuela esencial y una proeza fílmica

No se puede ser y haber sido, puesto que una copia banal no reemplazará jamás al original. Llevar a cabo la continuación de un film de culto siempre resulta ser una tarea difícil, sobre todo cuando se trata de la adaptación de una novela profunda y compleja. Empero, esto es lo que ha logrado el director canadiense Denis Villeneuve con  Blade Runner 2049, treintaicinco años después de la magistral adaptación hecha por  Ridley Scott del libro de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?: trascender el estatus de simple secuela.

El reto así expuesto  luce cada vez mas arriesgado dado que el film que este director  toma como referencia es un ejemplo de cumbre insuperable, temáticamente y estéticamente hablando. Sólo que, en vez de someterse a la lógica puramente comercial de los remakes o  los reboots,  Denis Villeneuve  apuesta  hábilmente por ubicarse treinta años después y cuestionar nuestra memoria: cinéfila, por una parte con nuestra relación con la obra maestra de antaño (¿Puede Blade Runner ser otra cosa distinta a una venerada pieza de museo?);  humana, por la otra, con esta pregunta fundamental ¿Podemos construir el presente, aprehendiendo el porvenir y haciendo tábula rasa del pasado? Todo se resume en  el destino de Deckard, hombre que rememora  sin cesar los verbos de la existencia, “amar” notablemente, recurriendo a sus libros y hologramas, pero que, sin embargo, es incapaz de conjugarlos en el presente.

El recuerdo de Blade Runner es la remembranza de lo que fue la punta de lanza del cyberpunk, con su universo distópico atravesado por las grandes angustias de su época: la amenaza nuclear, la desaparición de lo vivo en beneficio de la máquina o de lo virtual, la deshumanización progresiva de las sociedades… De esta manera, al interesarse en las interrogantes metafísicas que se formulan los replicantes, Scott se planteaba el dilema de la humanidad de los sujetos a través del miedo a la muerte. Pero esta vez los años han pasado y los temores de ayer se han convertido en realidades: nos situamos en un mundo post apocalíptico, asolado por un evento nuclear, contaminado, seco de esperanza, desteñido, y deshumanizado a ultranza, en el que las desigualdades no hacen sino incrementarse y la humanidad sobrevive con la ayuda de granjas artificiales en un paisaje grisáceo empapado por una lluvia continua.

En un contexto como ese, interrogarse acerca del ser humano implica volver a hablar de la vida, de esa que está ausente en la cotidianidad y en el corazón de los protagonistas, esto hace de Blade Runner 2049 una especie de antítesis de su hermana mayor, una película espejo que prolonga el universo de su predecesora al tiempo que adquiere su propia mitología: el medio urbano denso, nocturno, diseñado a través del neón y la bruma, muta en universo desértico diurno e inanimado, la persecución del replicante es ahora la del hombre, la investigación policial se vuelve identitaria, humana, romántica…Esta vez los androides ya no sueñan con ovejas eléctricas sino con humanidad, con darle un sentido a la palabra “vivo”, con poder amar y ser amados a cambio. Emprendiendo tal aproximación artística, Villeneuve hace de la audacia su caballo de batalla y evita los escollos mas esperados (progresión puramente nostágica del film de 1982, vana redición…). Toda la inteligencia del proyecto reside allí, en la capacidad del cineasta de reapropiarse  de las características de la obra de Scott (temáticas abordadas, estética empleada) y hacer la contraposición incorporando su propia personalidad, su propio cine. Blade Runner 2049 es por encima de todo un film de su época.

El film cuenta siempre con Harrison Ford, un sobreviviente en todo el sentido de la palabra, quien representa a Rick Deckard, el policía independiente del primer Blade Runner. También figura como protagonista principal  Ryan Gosling en el papel del agente K, cazador de replicantes en un mundo sin memoria. Ambos comparten con cinco personajes femeninos que tienen importancia en la trama: Ana de Armas como Joi, la novia en la ficción del personaje de GoslingMackenzie Davis es Mariette, la sexo servidora de corazón de oro; Robin Wright en el rol de la teniente Joshi, superior de K; Sylvia Hoeks como Luv, la siniestra replicante ejecutora de Wallace; y Carla Juri en el papel de la Dra. Ana Stelline, diseñadora de recuerdos. La corporación que antes fabricaba replicantes, cuya insurrección espartaquista fue el tema original, ha sido comprada por un imperio del agronegocio propiedad de Niander Wallace (Jared Leto), una grotesca figura que incuba ideas sobre cómo crear trabajadores-replicantes en una escala adecuada a sus planes imperiales.  Los replicantes, producto biotecnológico,  han sido “mejorados” para obedecer todas las órdenes, sin poder contar con la abilidad para cuestionar o rebelarse. Quedan, no obstante, aquellos viejos modelos que viven en los arrabales tratando de evadir a las autoridades. A los cazarecompensas replicantes  como el agente K se les asigna la tarea de “retirar” esos viejos modelos. Durante una de esas misiones K hace  un descubrimiento sensacional relacionado con  unos huesos enterrados. Este evento  lo conducirá a un peligroso viaje y a un encuentro freudiano con el propio Rick Deckard. Son dos horas y cuarenta minutos de pesadilla metafísica, por no decir meditativa, ciencia ficción deslumbrante con algo de cine noir.

Hay en la película una pesquisa policial y una investigación filosófica, trascendental, con toda la melancolía que viene del pasado. Blade Runner 2049 se desmarca de los blockbusters contemporáneos, de su frenesí absurdo y sus efectos espectaculares ostentosos.  Con algunas concesiones en el orden comercial, destaca no obstante el rechazo a la subasta emocional o lírica en beneficio de una poesía pictórica.  Denis Villeneuve  favorece la lenta inmersión de sus espectadores en un universo singular con un poder hipnótico evidente y en el que la imagen tiene sentido. La dimensión dedicada a la melancolía se encuentra formidablemente exaltada: fotografías de un blanco lechozo y tintes grises vienen felizmente a reforzar la idea de un mundo opaco, deteriorado y moribundo.  El excelente trabajo sobre los tonos ocre subraya magistralmente la impresión de un universo  obsoleto, amarilleado por el tiempo. Estamos ante una maravilla visual de principio a fin. La belleza de los paisajes, espléndida desde todo punto de vista, deleita al esteta y nos interpela fríamente sobre el lugar del humano en un mundo sin calor ni emoción: ¿Dónde se encuentra a partir de ahora? Olvidado sin duda, como esos amantes malditos (Rick y Rachael) que huyeron hace treinta años llevando con ellos la esperanza y el sentimiento de estar vivos.

En definitiva, se trata de  un film “tarkovskiano”, grandioso, absolutamente espléndido. Ciertamente debemos decir que probablemente nunca habrá una película como Blade Runner (1982), pero tampoco habrá jamás una como su secuela.

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