Miércoles, septiembre 20, 2017
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El café en la vida de los indígenas venezolanos

Esteban Emilio Mosonyi
El café en la vida de los indígenas venezolanos

Cuando nos preguntan sobre la posible relación entre el café –como bebida predilecta de Venezuela- y nuestros pueblos originarios, tal vez lo primero que se nos ocurre responder sea que el cafeto no es ni siquiera una planta americana. Pero hoy día las cosas no son tan fáciles. En este mundo intrincado de hoy todo está relacionado; vivimos en una época de mundialización, que yo no llamaría globalización: término que nos remite a la primacía del capitalismo neoliberal norteamericano. Estamos en una etapa de mundialización, eso es, donde conviven e interactúan miles de culturas que se mantienen y resisten en medio de serias dificultades.

En efecto, dar una respuesta seria exige mucha información y pensamiento complejo, pero podemos intentar una aproximación válida. Es indudable que los pueblos autóctonos geográfica y sentimentalmente muy alejados de nuestras mayorías populares,- tales como los Yanomami- poco conocen y menos aún  consumen nuestra bebida nacional; más ello no es cierto respecto de los indígenas algo aculturados muchos de los cuales se vienen apropiando del café hasta hacerlo suyo, como ocurre por ejemplo con los wayuu y Añú de occidente o los Warao y Kariña de oriente, quienes ya hace tiempo toman café en forma muy similar a los campesinos criollos vecinos.

Los Yukpa de Perijá inclusive lo cultivan y lo comercializan. En tales casos, mejor es hablar de interculturalidad que de mera aculturación, porque este último término remite más a una imposición cultural que a un verdadero aprendizaje mutuo como debe ser idealmente.

Para centrarnos un momento en los wayuu- todavía muchos le dicen guajiros- ellos se sienten privados de algo muy importante cuando por las dificultades de conseguir ahora café no pueden iniciar felizmente sus amaneceres ni atender a sus visitas ni alegrar su cotidianidad.

Quiero aquí  agregar que el café no desplaza sino que complementa sus bebidas tradicionales como la sabrosa chicha uújolu, la sustanciosa y nutritiva ishirruuna, basados en el maíz multimilenario.

Es interesante revisar los nombres que los cincuenta pueblos indígenas le asignan a nuestro café tan venezolano y americano, a despecho de su innegable origen arábigo. En general, lo que predomina es una transposición fonética de la palabra “café” prestada por el castellano. El wayúunayki utiliza básicamente dos formas, de las cuales “kepéin” es la mayoritaria mientras que en la Alta Goajira permanece el fonetismo “kojé”; estos cambios obedecen a la falta del fonema “F” en el idioma wayun. En cambio, otra lengua arahuaca, el yavitero del Amazonas –casi extinto- pero en proceso de lenta recuperación-no sólo preserva la forma hispánica “kafé” sino que introduce la “F” para poderla pronunciar conforme al modelo. El pueblo Pumé o Yaruro del Alto Apure lo denomina de modo más original “uí berebereá”, lo que significa “agua negra”. La afición cafetera –que no es ninguna adicción sino el disfrute de un excelente producto gastronómico –nos demuestra palpablemente la variabilidad y diversidad infinitas del hecho cultural humano, más allá de cualquier intento fallido de querer reducirlo a un común denominador.

eemosonyi@gmail.com

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