miércoles, noviembre 22, 2017
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Constitución y proyecto de país

Eliécer Calzadilla
Constitución y proyecto de país

Una de las más socorridas muletillas discursivas de nuestro ambiente político, pródigo de lugares comunes, es la que alude al proyecto de país. Si alguien quiere endilgarle a una organización o grupo político ausencia de planes e ideas le acusa de carecer un proyecto de país. Al contrario, si se quiere pavonear o aparentar profundidad de estudios y seriedad de propósitos se resume afirmando: nosotros tenemos un proyecto de país.

De Octavio Paz aprendí hace muchas décadas que son las palabras las que condicionan el pensamiento; desde allí conjeturo que en la búsqueda, formulación y pretensiones de imponer un proyecto de país por parte de aspirantes al gobierno y de quienes han ejercido el poder hasta hoy, anidan muchas de las desdichas acumuladas a lo largo de nuestra historia. Un proyecto de país supone en Venezuela la visión de un grupo reducido de iluminados que ha desentrañado la manera de hacer una “Revolución Restauradora”, una “Revolución Libertadora” ,“la Segunda Independencia”,  construir “la Gran Venezuela”, “Refundar La República”, implantar “la Quinta República”, o edificar “el Socialismo del Siglo XXI”.  Una vez en el poder el proyecto se convierte primero en dogma, luego en coartada y deviene finalmente en ruinoso fracaso.

Distingo en los conocidos proyectos de país ingredientes comunes; subrayo algunos: son elaborados desde el voluntarismo, es decir, sin comprender de Venezuela ni a sus gentes ni a su historia ni a su tierra. Están insuflados del complejo adánico en sus dos vertientes autóctonas: nada de lo realizado antes vale la pena (salvo la Guerra de Independencia) y, entonces, es necesario refundar la república desde los cimientos con novedosas normas jurídicas; están imbuidos de una terca idea de superioridad salvacionista: sólo los autores del proyecto están en capacidad de salvar y “defender” al país, y los que no se alineen son enemigos o no tienen inteligencia para comprender o representan intereses oscuros contra la patria; propugnan los del proyecto que la puesta en práctica del manual de salvación requiere de un largo periodo, porque el pueblo es como un niño que necesita aprender, “empoderarse” y eso lleva tiempo, y porque los salvadores no pueden dejar el poder: sería una traición y una tragedia abandonar el inacabado proyecto de país.

Pero el proyecto de país alimenta además, a mi entender, uno de los más dañinos y persistentes de nuestros vicios políticos, la reelección presidencial mediante el remiendo constitucional.

Empeñados en ignorar la impermanencia de todo cuanto existe, los gobernantes venezolanos, con puntuales excepciones, se afanan en permanecer y usufructuar el poder.  Dicho de otro modo, si es el cambio incesante una de las leyes que rige el universo, ¿qué pasa por la mente de un gobernante que aspira la perpetuidad y comete salvajadas para burlar lo inevitable?

Zygmunt Bauman definió esta época como Modernidad Líquida: nada permanece en su forma; los cambios  tienen tal velocidad que cuando nos adaptamos a ellos la adecuación es inservible porque todo para lo que nos ajustamos ha cambiado. ¿Cómo se pretende encapsular el destino del país en un proyecto que contrasta con la velocidad del conocimiento, la economía y la ciencia?

La Constitución es desde sus orígenes una serie de normas destinadas a limitar el poder del gobernante y los demás poderes públicos;  reafirma la vigencia intangible y progresiva de los derechos fundamentales y consagra la arquitectura básica del Estado con estructuras de la democracia.  El artículo 2 de la Constitución de 1999 contiene todos los demás artículos. Cada vez que alguien señala que la Constitución es un proyecto de país la rebaja a la categoría de programa de gobierno de uno cualquiera de los miles de aspirantes a sentarse en la silla presidencial.  Las constituciones existen porque la experiencia humana enseña y comprueba que durante miles de años quienes gobiernan tienden a abusar y abusan del poder, y hubo necesidad de “inventarlas” para someter a los gobernantes y permitirles hacer sólo lo que la Constitución y las leyes que las desarrolla les permiten. No fue fácil que el gobernante aceptara los límites, hubo que imponérselos en guerras. El determinante y remoto antecedente ocurrió luego de la toma Londres; los rebeldes obligaron al rey Juan Sin Tierra a aceptar y firmar unos linderos de su poder en un documento que llamaron Carta Magna, corría el año 1215.

Lo de refundar la república con una nueva constitución se le ocurrió al Libertador en Angostura y en medio de una guerra atroz, en 1819. A partir de allí cualquier politicastro propone, como  si lo mereciera, hacer su propia refundación de Venezuela sin que el pueblo soberano se lo pida. La verdadera intención del remiendo constitucional ha sido una y otra vez para buscar la perniciosa reelección presidencial.

Quienes redactaron constituciones con pretensiones fundacionales y salvadoras de Venezuela no imitan a Bolívar, remedan a al general José Tadeo Monagas, bárbaro semianalfabeta, nepótico y sedicioso,  varias veces presidente de la república; sus huestes asaltaron a tiros y cuchillos al Congreso asesinando e hiriendo; reformó la constitución para perpetuarse  y,  anciano, restituyó en 1868 desde el caballo y el fusil montoneros la constitución de 1864. Murió ambicionando ser de nuevo presidente, a los 84 años.

 

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