Jueves, octubre 19, 2017
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El Club Bildelberg se reune en el Expreso de Oriente

Francisco Javier Velasco Páez
El Club Bildelberg se reune en el Expreso de Oriente

Decidimos aceptar el ofrecimiento de un toque de originalidad y  échapée a nuestro encuentro anual. Nos prometieron un viaje inolvidable.  De hecho  lo fue, pero por razones  distintas a las que nos vendieron a precio de oro  –y en ese momento  el oro alcanzaba un  valor máximo  que ninguna Casandra de la economía en tiempos de crisis hubiera osado pronosticar.

Ese viaje fue inolvidable, precisamente a causa de un olvido de su parte. El olvido de una tontería, de nada, un pequeño olvido, insignificante en sí mismo, dado el cuidado maníaco que ellos habían prestado al más mínimo detalle de esta evasión que debía hacernos redescubrir los Placeres de Antaño. ¿Sentíamos nostalgia en pleno siglo XXI de las grandes épocas de gloria de la aristocracia?-¿De las rutilantes buenas maneras a la antigua? ¿De las estadías a bordo del Expreso de Oriente, donde las horas se estiraban lánguidas y doradas, mientras que hacia el oriente se ocultaba un sol de epopeya? ¡Terminada, esa espera de un mundo que ya no existía! ¡Ellos lo iban a hacer existir para nosotros! Y, el tiempo de un viaje que sería como un paseo nocturno en un jardín de espejismos, nuestra nostalgia  podría regodearse en primera clase. Solo teníamos que dejar nuestros deseos más salvajes –los más aristocráticamente salvajes- en manos de las elegantes y discretas anfitrionas que se dedicaban a hacernos esa estancia tan…inolvidable.

Cuando miro atrás y pienso en el viaje, no dudo en reconocer que el olvido jugó un rol esencial en esa aventura detestable. Incluso antes de que llegáramos a constatar  ese “pequeño olvido” que transformó para nosotros, viajeros, el paraíso en infierno, me doy cuenta que el olvido, el deseo de olvidar, era una de las fuerzas subterráneas que había servido de base a la campaña de los promotores. Olvidar nuestras preocupaciones, nuestras angustias, todo aquello que no habíamos logrado en nuestras vidas, a pesar de nuestras fortunas recibidas con frecuencia (más no siempre) en herencia. Olvidar sobretodo la existencia de los otros, de todos aquellos que no habían tenido nuestra suerte –ni siquiera un cienmilésimo de nuestros medios y posibilidades-. Esos otros que proliferaban como la peste, expropiados, hambrientos, empujados a una revuelta desesperada, lanzando sus cuerpos –que era todo lo que les quedaba- contra lo escudos de las fuerzas del orden, como se lanzan las olas contra las rocas para terminar a sus pies – solo  que las rocas no apalean por añadidura a las olas que se doblan ante ellas. Olvidar que el bienestar de nuestro selecto club dependía cada vez más del desamparo  de esas muchedumbres que colmaban los objetivos de las cámaras de la actualidad, aturdidas por los garrotazos que nuestro sistema les asestaba sin dejarles retomar el aliento.

Olvidar, por lo tanto. Y acordarse de qué bueno es olvidar.  Estábamos prestos a dar mucho más de lo que queríamos reconocer a aquellos  que podían proponernos ese olvido saludable y llamativo. Nuestros dealers sabían algo, ellos quienes se habían enriquecido vendiéndonos el olvido en dosis homeopáticas. Nuestros concesionarios sabían algo, nuestros decoradores de interior, nuestros consejeros en estilismo y cosmética, nuestros asistentes de todo tipo, para nuestras veladas, salidas culturales,  transferencias a los mercados de arte y los salones de subastas, toda esa gente que vivía –y vivía bien- de hacernos olvidar que éramos seres humanos; y que la muerte, llegada la hora, no aceptaría cheque ni valija de billetes para “olvidarnos” todavía un tiempo más…Y los promotores podían hacer eso, jugando con nuestro profundo deseo de regresar, de dejarnos mimar, como un retorno alegórico al seno maternal, pleno de tibias  promesas líquidas.La campaña de promoción arrancó muchos meses antes de la fecha de viaje. Una campaña a lo hollywoodiano, un matraqueo alucinante que proporcionaba el material de numerosos sueños, de largas noches de insomnio y ansiedad.

En la plataforma de embarque se vertieron lágrimas, algunas de felicidad, otras por el relajamiento de tensiones, de nervios que restallaban, como toxicómanos aliviados por fin de su carencia. ¡El Tren Resurgimiento semejaba un museo sobre ruedas de acero, un navío almirante de la flotilla de la Gran Venecia del Imperio de Occidente, surcando los mares en dirección de Constantinopla amenazada por los otomanos!  Escuchar a los diseñadores de ese proyecto genial narrarnos la creación del Tren Resurgimiento, como si asistiéramos en directo al descubrimiento de un planeta habitable por los pioneros del espacio, era en sí un viaje resonante de todos los llamados a la evasión de la que tanta hambre teníamos.

Primero, el recibimiento por parte de todas esas azafatas y todos esos camareros tan largamente fantaseados. De seguidas, la visita guiada en varias lenguas de esa joya que había sabido combinar el buen gusto más refinado con la tecnología más sofisticada: el Tren Resurgimiento, estando completamente automatizado, había sido concebido reduciendo al máximo la presencia de la técnica que habría opacado la untuosidad  del viaje. Todas las funciones de pilotaje, la modulación de la climatización, de ambiente, de iluminación, estaban supervisadas externamente, desde una estación que iba a llenarse de actividad  a lo largo de nuestro viaje, sin que sintiéramos nada –olvidar, siempre mejor olvidar el sudor bajo la esencia del gran perfumista. A bordo, grandes chefs  franceses, japoneses e italianos iban a sustentarnos con la quinta esencia de su arte; ciertos espectáculos dignos de Barnum estaban previstos en el programa; se disponía de salones privados para distracciones cuidadosamente personalizadas, todo listo para recibirnos en laminados de telas preciosas, entre los brazos musculosos de gigolós y las largas piernas satinadas de bailarinas de strip tease. El placer prometía no tener fin, sembraría sus gotas de maravilla, esparciría su polvo de oro sobre nosotros, desde los salones de lectura hasta los salones de degustación para los amantes de los habanos y los néctares poderosos.

El andén de salida tenía el aspecto de una sala de recepción de palacio ruso, lienzos de maestros de la pintura y estatuas lo adornaban; una pequeña orquesta de músicos virtuosos desgranaba clásicos de circunstancia. Aquí ya, lo sabíamos con certeza, era posible olvidar el mundo que queríamos dejar atrás con avidez. Instalados en el nido mullido de nuestros sillones, admiramos, a través de las ventanas de vidrio, las arcadas y los candelabros suspendidos por encima de nuestras cabezas, mientras que el tren Resurgimiento iniciaba su travesía sobre terciopelo, se deslizaba fuera de esta corte de los milagros como si una dama se retirara un guante.

Entonces ese pequeño olvido… en realidad nada de particular…Las cortinas gruesas, lo suficientemente gruesas como para que no se pudiera ver a través de ellas debieron haberse cerrado sobre los ventanales panorámicos -cerrado a distancia desde la sala de control- antes de que el tren iniciara su recorrido por los rieles. Pero ciertamente el olvido es humano, y había tantos detalles de los que ocuparse hasta el último minuto para que todo resultara perfecto.

Lamentablemente… Tan tempranamente lanzado al mundo que iba a atravesar a una velocidad jamás alcanzada por ningún otro tren, el Resurgimiento, con sus ventanales sin ocultar, permitió que un paisaje atroz  asaltara nuestros ojos. ¡Viviendas  con fachadas ruinosas transformadas en tugurios,  indigentes viviendo en excavaciones hechas a lo largo de la vía férrea, legiones de excluidos que abandonaron todo para adentrarse en rutas sin destino,…hombres y mujeres con los ojos horadados que nos miraban a la cara, bocas con los labios agrietados que aullaban!  ¡Enloquecidos por la cólera y las privaciones, padres de familia saltaron a los flancos del Resurgimiento para escupirnos!  Uno de ellos puso en peligro la vida de su hijo para mostrarnos su delgadez y su mugre. Yo mismo vi a una mujer  que se levantaba el vestido para orinar parada y me desafiaba con un gesto sicalíptico.

A bordo, un viento de pánico se apoderó de las azafatas, un grupo de técnicos (hasta ese momento invisibles) hizo su aparición, corriendo de un vagón al otro para reasumir el mando, bombardeando la sala de control con mensajes de urgencia. Los pasajeros trataron sin éxito de bajar manualmente las cortinas para atemperar el efecto de las terribles visiones de afuera. Lo que sí “amortiguó” ese choque frontal entre el mundo  del Resurgimiento y el mundo real fue la insonorización impecable del tren –ahora bien, extrañamente, lo que yo veía en el rostro de esas gente, afuera, fue para mí más aterrorizante  dado que era mudo… En menos de dos minutos la estación técnica del Resurgimiento pudo constatar su olvido y ordenar el cierre de las cortinas en todas las ventanas. En pocos instantes nuestro navío insignia se transformó en la cápsula protegida que nunca debió  haber dejado de ser. Pero ya era demasiado tarde, el mal ya estaba hecho.

Lo habíamos  visto. Ya no pensaríamos en otra cosa sino en eso. El mundo real se había invitado a sí mismo a bordo. Pasajero clandestino, él iba a espantarnos en dondequiera que nos escondiéramos al interior de  la gran nave fantasma en que se había convertido el Resurgimiento.

 

Francisco Javier Velasco Páez

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