Miércoles, septiembre 20, 2017
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Huele a muerte constituyente por la paz

Ignacio Laya
Huele a muerte constituyente por la paz

No me arrepiento de pertenecer a la primera familia guaireña que se montó en el hombro al Teniente Coronel (Ej.) Hugo Chávez Frías luego de purgar condena en la Cárcel de Yare a consecuencia del frustrado Golpe de Estado en contra del gobierno constitucional de Carlos Andrés Pérez.

Fue tal la magnitud del entusiasmo y la algarabía de la familia Laya Camacho que cuando le pedimos al pueblo de Vargas que nos ayudara a transitar el camino de esperanza a Miraflores estábamos tan sincronizados, que cuando el Consejo Nacional Electoral sonó la campana dando inicio a la campaña electoral presidencial, Hugo Chávez Frías, en gratitud por el alborozo de este pueblo bullicioso y sentimental, dejó a un lado la conseja de iniciar su campaña en los estados con mayor número de electores y, contra toda lógica se vino al más joven y uno de los más pequeños como el Estado Vargas que todavía tenía la sangre ardiente por la victoria de su primer gobernador Alfredo Laya tal como lo demostró esa gran concentración que recibió al Chávez candidato en el Paseo La Marina de Catia la Mar.

Algunos dirigentes adecos y copeyanos que pusieron los votos decisivos para superar el cerrado margen de victoria de Alfredo sobre José Rubín, me regalaron un guacal de limones para que me curara de “una extraña baba” que caía de mis labios, según ellos, a consecuencia de la extralimitada pasión por el “Huracán de Barinas” o “Hugo: Un Sentimiento Nacional” como lo bautice en los grandes mítines de La Guaira y Caracas, en ese afán colectivo de llevarlo a la Presidencia de la República.

Sin embargo, cuando el presidente Hugo Chávez Frías comenzó a demoler al gobernador Alfredo Laya porque “desacató la orden de decretar Camposanto al Estado Vargas” a los fines de evacuar a todos sus habitantes por las lluvias torrenciales de diciembre de 1999, la “Baba” sanó de repente y nos declaramos en rebeldía para poder exhibir, con la frente en alto, la dignidad, la verdadera riqueza de un pueblo adolorido pero con un gran sentido de pertenencia.

Poco me importa que me llamen traidor por escribir estas notas en este tiempo de intolerancia y de hipocresía de quienes nos quieren hacer creer que el presidente Hugo Chávez nunca se equivocó y que no existe una mácula en su hoja de servicio. Lo conocí muy bien con sus defectos y virtudes. Sus verdaderos enemigos son aquellos que le rinden homenajes suntuosos, todos los que usan su nombre para mimetizar su ignorancia, afán de lucro y opulencia atroz. Traidores serán todos aquellos que están más obligados a conservar su más grande legado político el cual pretenden desaparecer mediante una Asamblea Nacional Constituyente que necesariamente debe conducir a la elaboración de una nueva constitución que inexplicablemente ha de sustituir a la que esta considerada como “la mejor constitución del mundo” y que además lleva el nombre de Simón Bolívar.

Ojalá la historia no se repita pues el 15 de diciembre de 1.999 cuando se aprobó esa tremenda constitución inspirada por los dioses y muchos reían de placer, nosotros ese mismo día recibíamos de los demonios del Calentamiento Global y de los Cambios Climáticos, aquellas lluvias torrenciales que nos enlutó el corazón.

El sorpresivo llamado del presidente Nicolás Maduro a una Nueva Asamblea Nacional Constituyente, de carácter territorial y sectorial, ha desencadenado una ola de protesta,   represión, enfrentamiento, excesos mientras las lágrimas de los manifestantes se mezclan con las aguas pútridas del Río Guaire que atraviesa la ciudad de Caracas y el derrame de sangre mancha el ámbito local, regional, nacional e internacional.

 

* Periodista. Presidente de la Fundación Cátedra Flotante de Venezuela

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