Martes, octubre 17, 2017
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Julio Montes

Freddy Gutiérrez
Julio Montes

A  la Vieja Ana, su madre
A los hombres a quienes dispensó amistad sin límites
A las mujeres a quienes despertó el sentimiento de amar
A sus hijos Emiliano, Juliana y Mariano

JULIO MONTES

Julio se nos fue sin solicitar autorización y sin pedirle permiso a nadie. Alguien que lo vio sin que él se diera cuenta, me dijo que lo oyó con su expresión habitual, su grito de guerra: “Epa, Adiós bicho loco”. A mí no me extrañó el comentario, porque me tocó ver en varias ocasiones, la cara de ministros, generales, embajadores y hasta presidentes, cuando los saludaba o se despedía con la exclamación que había hecho propia.

Nunca lo abandonó, ni el compromiso con la gente, ni la irreverencia. Muy temprano, comenzando la universidad, interrumpió sus estudios, se despidió de Ana, su madre, y emprendió un viaje que significó mucho en su vida. Cruzó todo el occidente venezolano y compartió con los campesinos de Tinaquillo, la gente de Acarigua y de Socopó. Y entre otros pueblos y caseríos se internó en los rincones  de Mérida, en Mucutuy, Aricagua y el Páramo del Santo Cristo.

Después cruzó la frontera transitando por Bucaramanga, Arcabuco, los pueblos de Boyacá y la sabana de Bogotá. Aprendió a comer hormigas “culonas” santanderianas y ajiaco santafereño. Quiso ir más al sur, pasó Ipiales y fue bien recibido por los labriegos del Cayambe, de Kotacachi, e Imbabura, donde está el medio del Mundo, y decidió escalar las montañas del Tunguragua y del Chimborazo.

Pero quería más, y tuvo intercambios con los trabajadores del Perú en Lima, y con los descendientes de Atahualpa en el Cuzco, donde está la Plaza de Armas, sitio en el que desvertebraron a Tupac Amaru. Y así, por esas rutas llegó al Titicaca, tomó la ruta hacia La Paz y allí conoció al cantor Benjo Cruz quien le enseño una estrofa de una composición que Benjo cantaba: “ Vengo de andar por mi patria empobrecida, y oigo en la capital, tanta mentira organizada”.

Del mismo modo estuvo en Santiago de Chile y visitó a los Inti Illimani, a los Quilapayún, y con ellos cantó: “ De pie luchar, el pueblo va a triunfar…la patria está forjando la unidad. El pueblo unido jamás será vencido”. Se metió en serio en este territorio que vibraba con debates políticos intensos, que enriquecieron su vocación. El viaje de ida y vuelta no fue sencillo. En autobuses viejos, camiones destartalados, gandolas de carga, carros que tuvo que aprender a reparar. Nada de eso fue obstáculo para su propósito. No había meta, la meta eran  las rutas por las que transitaba.

Cuando regresó, siguió estudiando y decidió meterse a bombero; llevaba con orgullo su uniforme. Aprendió a apagar fuegos y a enfrentarse a huracanes. Recuerdo que no se amilanó frente al huracán Bret  y el  Mitch, que fueron muy destructores de las costas venezolanas, y penetraron ferozmente al Valle de Caracas.  Auxilió a mujeres, niños, minusválidos y a quien necesitara socorro. Eso hizo que pescara una bacteria que lo sacó de circulación por un rato largo. En otra ocasión también estuvo fuera de combate porque lo hicieron preso. Estaba pegando un afiche en el que se mostraba el rostro de Cristo con la inscripción “Se Busca. Es un peligro, tiene el pelo largo, anda levantando a los pobres, se reúne con los indigentes, y persigue a los mercaderes que profanan el templo…”

Fue fundador de Círculos de Estudio, organizaciones políticas, y fue un tejedor de relaciones para realzar la amistad como un sentimiento noble. Pasó agua debajo del puente. La vida lo llevó a ser embajador en Cuba, donde recibió lo que dio: admiración y respeto. En  Bolivia, también fue embajador. Puedo decir hoy que Evo por su propia fuerza se sostiene en el poder, pero hoy también tengo que decir que él se alimentó de la fuerza telúrica que le proporcionó Julio. Si Julio no hubiese estado en la posición que estaba, tal vez por esos lados  estarían cantando otros gallos. Más detalles habrán de saberse después.

Sostuvimos una amistad entrañable. Fui confidente desde importantes secretos de estado, hasta pormenores o pormayores de cuitas de amor. Estos últimos días hablamos mucho, de lo humano y lo divino. De la República y el vía crucis que está padeciendo. Estaba mortificado por el autoritarismo creciente, por los obstáculos que se habían atravesado para que la sociedad no se expresara, por los niños que veía en la calle escarbando basurales para comer. El domingo compartimos una merienda, también hablamos el lunes y el martes, y convinimos compartir un buen almuerzo  el jueves. Decidimos encontrarnos con frecuencia para buscar caminos de convivencia, mitigar los sufrimientos de nuestra gente pobre, y procurar que nuestra Venezuela se elevara hacia mejores y superiores estadios de vida.

Por cualquiera de los sitios que nombré  pueden encontrar a Julio, pero sobre todo, lo pueden ver con sus amigos en San Martín, donde se levantó, o verlo  caminando por El Ávila. Tal vez en Cortafuego, en Sabas Nieves, en Galipán, en el Empedrado del Camino Real, en Los Venados, observando con atención la lechuza rayada montada en los lirios anaranjados, o escuchando el canto ronco de las chicharras que, según nuestra mitología, anuncian lluvias y hasta tempestades. Tal vez viendo al Ávila desde el sur de Caracas, donde más se parece nuestro cerro, al descanso de una mujer enamorada.

 

Freddy Gutiérrez Trejo

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