martes, noviembre 21, 2017
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De la represión salvaje al hombre de la etiqueta

Vladimir Villegas
De la represión salvaje al hombre de la etiqueta

La violencia sin escrúpulos está ganando terreno en nuestro país. No podemos hacernos de la vista gorda frente a eso. Va en ascenso, sin que nada la detenga. Sin que pesen más que ella los valores que siempre han sido esgrimidos para defender la convivencia pacífica entre quienes piensan distinto. Y uno se pregunta si los que apelan a sus instintos violentos realmente piensan o simplemente se dejan llevar por la ira, el odio y hasta el miedo.

Y aquí no hacemos distinciones. Quienes ordenan reprimir salvajemente una manifestación pacífica, sin importar la integridad física y moral de un manifestante, incluso sin importarles si queda vivo o no por el impacto de una metra  de plomo, de una bomba lacrimógena disparada a quemarropa o de una “generosa” dosis de perdigones  al rostro son unos criminales. Aquí y en cualquier lugar del planeta. No tienen otro nombre màs sutil. No son infractores. Son asesinos. Y justifican con sus acciones que otros, en nombre del derecho a la defensa, actúen igual y a veces peor.

Y en esas estamos. Hay represión violenta y hay respuesta violenta a la represión. No sé cómo vamos a salir de esa dinámica. Que la Guardia Nacional e incluso grupos armados “bolivarianos” actúen con toda la saña imaginable ha abierto el camino a acciones del mismo tenor por parte de grupos que han asumido el rol de vengadores. Entonces ocurren situaciones tan terribles como la quema de un individuo en Plaza Altamira, un chavista según la prensa y los voceros oficialistas, y un presunto delincuente, según gente ligada a la dirigencia opositora. Hoy son presuntos malandros o presuntos chavistas. Mañana puede ser víctima de un piromanìaco  el que le chocó el carro o el que le “sopló el bisté” a alguien, expresión de estos tiempos utilizada para describir a aquel que le levanta la pareja al prójimo.

El tema es que quien rocía de gasolina a un semejante y le pega un fósforo no es menos asesino que los funcionarios arriba descritos. Y lo peor es que esas quemazones tienen su público. Se difunden en las redes y no hay nadie que intente detenerlos. Entonces pareciera que a falta de justicia buena es la venganza. No sé si todos los vídeos que se viralizan en las redes son realmente “made in Venezuela”, pero la simple difusión es una instigación a atentar contra la vida de sus semejantes, a hacer justicia por cuenta propia. Ha regresado “el hombre de la etiqueta” de “Por estas calles”, ese personaje que tomaba justicia por su propia mano y colocaba una etiqueta en el dedo gordo del pie de sus víctimas. Reaparece, con nueva vestimenta y nuevos procedimientos. Ahora actúa en manadas.

Es sumamente grave y peligroso que se legitime la cacería de personas, y que sea “socialmente aceptable” perseguir a alguien en un centro comercial y caerle en cayapa porque se trata de un presunto funcionario chavista al cual hay que darle su merecido. No importa si al final fue un inocente ciudadano  que iba de lo mas desprevenido sin sospechar que el parecerse a un “enchufado” es , en la práctica, igual que serlo, porque de todas todas es candidato a recibir su tunda de palos, puños y patadas. Si, patadas, no puntapiés.

En no pocas ocasiones he reclamado al gobierno el cese de la represión. Y he exigido que cese también el discurso violento de líderes oficialistas. Ahora creo que la dirigencia opositora tiene que condenar enérgica y colectivamente la violencia contra comercios, contra bienes públicos y, sobre todo, contra personas. El silencio o las medias tintas no son opciones válidas en estos casos. No puede haber solidaridad automática. Por ejemplo, quienes quemaron a ese ciudadano en Plaza Altamira no pueden quedar impunes en nombre de ninguna causa. Son tan miserables como el que, prevalido de autoridad, dispara a quemarropa una bomba lacrimógena contra un manifestante. La protesta justa y democrática no merece ser encochinada de esa manera.

Lo mismo ocurre con el llamado escrache. Eso de hostigar en el exterior a familiares de funcionarios o incluso a ex funcionarios es una práctica que puede derivar en actos irracionales que den pie a la comisión de delitos, y también a la reacción violenta por parte de las víctimas de esas prácticas. No todo el mundo actúa igual ante el acoso. Además se abre paso a una nueva forma de cacería sobre la base de que todo aquel que yo considere culpable tiene que ser sometido al escarnio público. Si votó por Chávez, si parece chavista, si es familiar de un chavista, si estuvo en el gobierno , no importa ni cuando ni cuanto tiempo.

En días recientes, Lenny Manuitt, hija de mi amigo y exiliado político Eduardo Manuitt, quien tiene largos años fuera de Venezuela luego de ser perseguida, al igual que su padre, por el gobierno de Hugo Chávez, fue acusada de “enchufada” por unos fanáticos del Estado de La Florida, que le tienen montada una infame campaña de hostigamiento. Ese “escrache” da para todo. Incluso para que lo promuevan personas que en el pasado también tuvieron sus simpatías por Hugo Chávez, y por otros que seguramente se beneficiaron o se benefician calladamente de contratos y palancas dentro del “régimen”.

Todas estas prácticas tienen que ser condenadas. De nada vale que condenemos unas y, por razones de cálculo político, nos hagamos los locos frente a las otras, dependiendo de quien las ponga en ejecución. Un liderazgo responsable no puede hacer concesiones frente a la irracionalidad. Si lo hace se debilita, se desnaturaliza y se supedita a las pasiones mas bajas del ser humano.

 

Cortesía: Notiminuto

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