Jueves, octubre 19, 2017
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Muera el té, viva el café

Eduardo Galeano
Muera el té, viva el café

Muera el té, viva el café

 

La corona británica había decretado que sus colonias debían pagar un impuesto impagable. En 1773, los furiosos colonos del norte de América arrojaron cuarenta toneladas de té, venido de Londres, al fondo de la bahía del puerto. La operación fue cómicamente llamada Boston Tea Party. Y estalló la guerra de independencia.

El café se convirtió en un emblema patrio, aunque de producto patrio no tenía nada. Había sido descubierto, a saber cuándo, en una montaña de Etiopía, donde las cabras comieron unos frutos rojos que las pusieron a bailar toda la noche, y al cabo de un viaje de siglos había llegado a las islas del mar Caribe.

En 1776, las cafeterías de Boston se convirtieron en centros de conspiración contra la corona británica. Y no bien se proclamó la independencia, el presidente Washington atendía en una cafetería que vendía esclavos y café cultivado por esclavos en las islas del Caribe.

Un siglo después, los conquistadores del Far West bebían café, no té, a la luz de las hogueras de sus campamentos.

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