Jueves, octubre 19, 2017
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Un rencor vivo

Eliécer Calzadilla
Un rencor vivo

El balance de los tiempos históricos, el juicio a los gobiernos y a sus ejecutorias y el dibujo definitivo del rostro de quienes ejercen el poder son, en apariencia, fáciles faenas para las tertulias y los discursos. Para el historiador y, a la postre, para la historia, son el sosiego y la objetividad que el paso del tiempo arroja sobre los acontecimientos lo que propicia la visión desapasionada de la gestión del gobernante y de la personalidad de quien la encarna. Sin embargo, como en casi todo, hay excepciones: no fue necesario agotar muchos calendarios para desentrañar y condenar las bestialidades nazis o los crímenes de la Rusia Soviética. Los casos de Ruanda, los Balcanes, los de Pinochet en Chile y los de Videla, Viola y Massera en Argentina, provocaron horror contemporáneo y siguen causando aturdimiento.

Podría alguien decir que es temprano aún para juzgar el régimen  encabezado por Hugo Chávez, primero, y ahora por Nicolás Maduro; mucho más cuando la historiografía venezolana, con las excepciones del caso, retrata con apelativos piadosos a tiranos como Guzmán Blanco, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez o Marcos Pérez Jiménez. Quizás la incurable y ciega pasión con la que unos cuantos venezolanos juzgan aún la singular, despótica y ruinosa monarquía hereditaria de los Castro en Cuba pueda servir de muestra de lo difícil que resulta hacer hoy un análisis equilibrado del régimen chavista. No obstante sostengo que en los últimos dieciocho años, le han dado uno de los más provechosos aportes al imaginario venezolano: se ha convertido en repugnante una de las más poderosas instituciones informales que de manera casi fatal y perdurable han incidido en la conformación de nuestro destino como nación, como pueblo, como Estado: la tolerancia con la corrupción y los corruptos.

Permítaseme una anécdota: Hace  unos meses algunos políticos discutían en Caracas acerca de las debilidades del gobierno que facilitaran confrontarlo y pudieran movilizar a la gente contra un entramado de poder que lucía casi invencible electoralmente y adicto al ventajismo de corte totalitario. Uno de los  políticos propuso sacar a flote los casos de PDVAL, la estafa con el dólar preferencial, de las importaciones sobrefacturadas, de las inservibles plantas eléctricas, del fraude a la caja de ahorro de los trabajadores petroleros y el saqueo  a las empresas públicas. La propuesta fue derrotada en brevísimo tiempo y con la primera intervención en contra bajo el argumento de que el tema no tenía pegada ni era político “porque no aparecía en las encuestas”.

Pasaron unos cuantos meses desde aquella conversación y los hechos  desmintieron el obstruido olfato de aquellos tertuliantes: los ciudadanos han identificado con claridad a la corrupción de funcionarios coludidos con contratistas y comerciantes como causa importante de la enfermedad social, económica y política de Venezuela. Quienes predicaban una demagógica igualdad social, engendraron un nuevo estamento o casta venezolana que, valida de turbios y hasta criminales negociados con el gobierno, acumuló de manera súbita una riqueza escandalosa. Un nuevo tipo de venezolano, con edades entre 25 y 45 años, comenzó a exhibirse y creó un prototipo de nuevo rico: Yates, aviones, carteras de lujo, relojes de magnate, güisqui de más de 18 años, lentes espejo o de reflejo, varones rollizos, guardaespaldas, sobreexposición de los signos del dinero mal habido en las redes sociales y la adopción del dólar como tema y oración y  Miami y otras ciudades del mundo como templos donde disfrutar del ocio del ladrón: son los llamados “bolichicos”.  Lo que no pudieron hacer las fundamentadas denuncias de uno que otro valiente político o parlamentario, lo hizo la grotesca gestualidad de esta casta, caricatura de artistas de espectáculos y de ricos extravagantes.

La contracara de la hiriente cursilería de la casta de los nuevos ricos son los jóvenes venezolanos convertidos en la segunda diáspora de la nuestra historia. La Primera fue en 1814 huyendo de Boves, Zuazola y otros vesánicos realistas. Esta, la segunda, es hija de la ruina que devino del saqueo de los dineros públicos robados por los “bolichicos”, entre otros pillos. Los venezolanos huyen de este país asolado por el robo e inseguridad personal a buscar la vida que aquí les niega la gente que  les robó la plata y los sueños.

El pueblo venezolano padece enfermedades de la miseria: paludismo, sarna, tuberculosis, sífilis…, sin medicinas para el cáncer, la hipertensión  la diabetes y de un remedio contra la tos, y sobrevive mal comiendo una vez o vez y media al día, o sobra de basureros. Los ciudadanos comparan su propia vida empobrecida y llena de carencias – que se abultan cada día- con la vida de los ladrones que habitan y se exhiben en el exterior y aquí en Venezuela. Los ciudadanos han convertido esa conciencia en rabia legítima, la rabia en conciencia política y ésta en escrache o abucheo a los que usufructúan lo robado al pueblo. ¡Por fin los venezolanos identificamos la corrupción como un mal que afecta moral y económicamente a todos! Ese es el mayor legado del mal ejemplo de un agónico: la siembra en la conciencia colectiva de que nunca más convertiremos en chiste el “no me den, póngame donde haiga” ni puede ser bien visto el que asiste a los pomposos 15 años de la hija del que roba.

No justifico ni excuso linchamiento alguno, físico o social, pero entiendo algo de las pasiones humanas, en este caso el rencor. En las primeras páginas de la memorable novela de Rulfo el personaje que narra pregunta ¿Quién es Pedro Páramo? Y le responde otro –Un rencor vivo-.

Ese es hoy el venezolano, aquí y en exilio, un rencor vivo.

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